Mi vida como prestadora de servicios sexuales es, además de diversión, un apoyo enorme a la economía de mi casa.
En el día trabajo como auxiliar de contabilidad en un prestigiado despacho de contadores. En la oficina convivo con gente común y me sorprendo con la cantidad de problemas que cada uno tiene. A decir verdad, los míos son nada al compararlos con los de ellos. También está uno de los contadores del que creo estar enamorada, pero con tan sólo pensar que puede enterarse de lo que hago por las noches, mis ilusiones de tener una relación sentimental con él se vienen abajo.
El sábado pasado me invitó a salir, fue una de las mejores noches de mi vida, si no la mejor. Por la mañana y al ver lo ojerosa que estaba por la mala noche que había pasado, se acercó a platicar un rato. Hablamos de lo que usualmente hacíamos los fines de semana y tuve que mentirle diciendo que salía a bailar -como el resto de las niñas normales de esta ciudad- con mis amigos. Entonces preguntó si quería salir con él y me prometió que lo que haríamos sería completamente diferente a lo que hubiera hecho antes.
Pasó por mi a las 8 y después de alabar lo bien que me veía, nos dirigimos hacia el norte de la ciudad. Manejó por 25 minutos hasta el puerto de Telchac y se detuvo en una casa a la orilla del mar. Cuando entramos, no podía contener mi asombro al ver tan hermosa casa. Entonces me dijo que era de un amigo. Salimos a la terraza que está frente al mar y me encontré con una alberca iluminada. Era un ensueño.
Me tomó de la mano y bajamos las escaleras hacia la playa. Unos leños ya estaban listos para arder en una fogata y cabe mencionar que la luna llena hacía el marco perfecto. Mientras encendía el fuego, me pidió ir por unos bocadillos que estaban en la cocina. Aproveché para recorrer la planta baja de la casa que seguía maravillándome. Sergio me alcanzó en la cocina y tomó de la cava una botella de vino tinto. Yo tomé la bandeja con los bocadillos y nos dirijimos a la fogata.
Platicamos largo y tendido de nosotros, de nuestros intereses, de nuestra familia. Me contó cómo afrontó el divorcio de sus papás y le dije que la mía era una familia muy unida -mentí, no le quise decir cómo mi hermano había malgastado la herencia que le dieron en vida y cómo había peleado con mis papás hasta el punto de casi matar a mi papá de un disgusto. Tampoco le dije del problema de alcoholismo que tenía mi hermana mayor y de su divorcio a punto de concretarse. O de cómo una de mis sobrinas había declarado unos meses antes que era lesbiana y su mamá la había sacado de la casa porque eso no se permite en una familia tan honorable...
Entonces la plática cambió de rumbo y el tema de los romances salió a flote. Preguntó si tenía novio o si lo había tenido y yo, tratando de evadir la respuesta, le dije que tenía que ir al baño. Entramos a la casa y me dijo que el baño de la planta baja no servía, por lo que tendría que ir a uno de los cuartos de arriba. Cuando salí del baño, él estaba sentado en la cama de la habitación. Con su mano palmeó el colchón como señal de que fuera a sentarme junto a él. No quise hacerlo. El miedo me invadió, me puse nerviosa. Si aceptaba estar con él esa noche, sabía que terminaría más enamorada de lo que ya estaba y mi vida oculta tendría que terminar. No podía y no quería acabar con lo que vivía a escondidas de todos, de eso dependía mi estabilidad económica y la de mis papás.
Me paré frente a la ventana del cuarto que mira hacia el mar. Lo que ví era total oscuridad y al dar la vuelta hacia donde él estaba, la luz que emanaba de la lamparita me decía que era el camino que tenía que seguir. Sin embargo me quedé parada y me di la vuelta otra vez hacia la ventana. Entonces él vino y se paró detrás de mi. Me tomó los hombros y me dio la vuelta hacia él. Pude mirar sus ojos cafés que miraban con insistencia los míos y se acercó para besarme. Miles de pensamientos pasaron por mi mente y cuando estaba a punto de hacerlo, me escabullí diciendo que ya era tarde y que teníamos que regresar a Mérida.
Por la expresión de su rostro pude notar que no podía creer lo que estaba pasando. Sin embargo no dijo nada y después de poner todo en su lugar, dejamos la casa y manejó de vuelta a la ciudad.
Ni una sola palabra salió de su boca en todo el camino de regreso. Mientras yo parloteaba sin sentido él solo emitía sonidos guturales.
Eran las 2 de la mañana cuando me dejó en la puerta de mi casa. Se despidió de mi con un abrazo y un beso muy cerca de la boca. Si hubiera movido un milímetro mi cabeza, el beso hubiera sido inevitable, pero permanecí muy quieta aunque por dentro me estremecía. Su expresión había cambiado entonces y después de pedirme disculpas por comportarse como lo hizo, subió a su carro, dijo buenas noches y se fue.
Aproveché entonces para encender el celular que había apagado desde su llegada, tenía 7 mensajes de voz solicitando mis servicios. Quise dejar de lado los mensajes, seguir saboreando de esa noche tan hermosa. Me quedé mirando la luna y el celular sonó nuevamente... recordé el por qué de mi profesión oculta y tuve que atender al llamado del cliente.