Yo estaba destinada a hacer cosas grandes. A ser alguien importante y sobresalir entre los demás. Mi coeficiente intelectual estaba sobre el de la gente común, no mentían seis diplomas de primer lugar en aprovechamiento en la primaria y tampoco la pelea continua entre Felipe y yo por tener el primer lugar en la secundaria durante los tres años que la cursé.
Mis compañeros, envidiosos, preguntaban qué sería de mi vida después de la preparatoria y me hacían comentarios de que era presumida y payasa por saber un poco más que ellos. Imaginaban que estudiaría alguna licenciatura y que el éxito sin duda me esperaba a la vuelta de la esquina. Todo se me hacía tan fácil, me estaba comiendo al mundo.
Entonces algo pasó en la preparatoria, algo que no sé qué pudo ser. Tal vez fueron las ganas de sobresalir de otra manera que no fuera por mi aplicación y entonces no me hubiera salido de las clases importantes para aprobar las materias que reprobé. O tal vez no me gustaba estudiar Fisica y Matemáticas... ¿quién necesita física y matemáticas en su vida diaria? A mi me basta con Inglés y Literatura -que exenté con un hermoso 100- o con saber un poco de la historia de mi cultura y país, o con tener los argumentos necesarios para comprender la vida... pero ¿matemáticas y física? Me basta con saber algo de aritmética para darme cuenta de que mi sueldo no me alcanza para pagar todas mis deudas. Me basta saber que existe una ley de la gravedad que hace que mis pies estén fuertemente pegados al suelo y que no me deja salir disparada hacia el espacio exterior... Después de tres intentos fallidos, dos para aprobar Matemáticas y uno para aprobar Física, me di por vencida. Pensé que jamás podría aprobarlas y el sentimiento de fracaso me invadió.
Papá se enojó mucho cuando supo lo que estaba pasando. Me dijo que si no podía con la prepa lo más apropiado sería estudiar una carrera corta y que si tampoco podía con la carrera corta, me quedaría en casa a lavar y planchar de por vida. Y con el miedo a quedarme como Cenicienta frustrada, con el poco apoyo para continuar con mis estudios superiores y con el sentimiento de fracaso que no dejaba de atormentarme, me puse a estudiar la carrera comercial. De nuevo mis calificaciones eran las más altas, recibía felicitaciones de las maestras todos los días, pero no era lo que yo quería. Un día me puse frente al espejo y juré que nunca sería secretaria como mis hermanas... en ese momento no mordí mi lengua, pero muchos años después, un hilillo de sangre escurría a un lado de mi labio.
Estudiar en una escuela donde sólo mujeres estudiaban me fue alejando de la posibilidad de encontrar un buen prospecto para compartir mi vida. Es cierto que ellas tenían hermanos y amigos, pero para que te enamores de alguien, según yo, tienes que convivir con la persona durante un largo periodo de tiempo... algo así como cuando compartes con un compañero de clases 5 o 6 horas al día.
Y llegó la oportunidad de conocer niños en el grupo de la Iglesia, pero esos niños tenían a su vez sus propias amistades y rollos sentimentales, así que el plan para atrapar a uno de esos niños, no funcionó.
Tres años después de estudiar para llegar a ser Secretaria Ejecutiva Bilingüe, llegó la oportunidad laboral en la Volkswagen...

No hay comentarios:
Publicar un comentario